Hoy vengo con una píldora sobre el valor de la escucha empática y de poder sostener las emociones de los demás, aunque sean incómodas.
Hace poco en el gimnasio tuvimos una clase de yoga con una profesora en prácticas. Antes de comenzar la sesión, abrió una ronda breve para ver cómo estábamos y compartió que se sentía nerviosa.
Pues no había terminado de pronunciar la palabra “nerviosa” (literalmente), cuando ya habían llovido unas cuantas expresiones como esta:
- “¡No estés nerviosa!”
- “¡Nada de nervios, fuera esos nervios!”
Esto me viene al pelo para hablar de una cuestión importante cuando nos proponemos ofrecer una escucha atenta y empática a otra persona:
Es importante que lo pase mal.
Sí: que sienta lo que está sintiendo
Porque una emoción incómoda no es un error que hay que arreglar lo antes posible.
Es una señal de que la persona está viviendo algo importante para ella, de que hay necesidades suyas que se están expresando.
Los comentarios de las alumnas llevaron a la profe a reprimir rápidamente su emoción y tirar palante, forzando al instante una sonrisa.
Y dirás, pues ¿qué problema hay con sonreír y tirar palante en la vida?
Pues que hacer eso como hábito te va desconectando poco a poco de tu sentir, de tus emociones.
Y cuando te desconectas del sentir, también te desconectas de tus necesidades.
Los sentimientos y sensaciones nos hablan del estado de nuestras necesidades:
Cuando hay sentimientos agradables es porque las necesidades más importantes en ese momento están cubiertas. Cuando los sentimientos son desagradables, es porque alguna necesidad importante no está cubierta en ese momento.
Esto nos da claridad para actuar hacia nuestro bienestar.
Además, ¿qué nos pasa que la mayoría de las personas nos apresuramos por sofocar los sentimientos desagradables que expresa otra persona?
Pues, por un lado, la necesidad de contribuir.
Por mucho que corra por ahí la idea de que el ser humano es una plaga, en realidad queremos el bienestar común y disfrutamos contribuyendo (por voluntad propia y de la forma que tiene sentido para nosotros, ojo).
Pero, en otras ocasiones quizá lo que queremos al sofocar una expresión de dolor o algo parecido es protegernos de una experiencia incómoda.
Porque no nos han enseñado a estar frente a una persona que expresa emociones desagradables y simplemente respirar y estar presentes.
Nos inquietamos y queremos que pase lo más rápido posible
¿Qué te decían cuando de pequeña llorabas o te enfadabas?
– “No llores, no te enfades, no estés triste”; “Venga, ya está, ya está”.
De ahí viene todo…
Ojo, no estoy abogando por convertirnos en personas “insensibles”, que se quedan pasivas frente al dolor ajeno. Hay un trecho entre esto e interrumpir una expresión incluso antes de haberse consumado (que es lo que hacemos con lxs peques y lo que pasó con la profe de yoga).
Lo que a mí me gustaría es que diéramos más espacio a las emociones, a nuestra experiencia y a la experiencia de la otra persona, y que podamos ofrecer nuestro consuelo o nuestra ayuda después de un espacio amplio de escucha plena.
A veces la misma escucha es suficiente y la persona no necesita nada más.
Aquí te dejo esta reflexión, para poner en valor la escucha empática y abierta, la pausa antes de la acción, el espacio para el sentir.
Espero que te sirva y te inspire a cuidar más tu escucha cuando sucede algo y te surge la tentación de “correr a arreglarlo”.

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