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El castillo de naipes de la culpa

La culpa puede ser como una losa. Tú quieres avanzar y la culpa te lastra. Quieres sentirte mejor y pasar página y la culpa te agarra de donde puede para que no lo hagas.

También puede ser punzante como una aguja, y molestarte con sus pinchazos justo cuando menos te lo esperas. Estabas tan agustito y ¡zas!

  • “No tendría que haber hecho eso”
  • “¿Cómo se me ocurre decirle eso?”
  • “Me he pasado mucho…”
  • “No he sido justa”
  • “No he sido empática”
  • “Soy una egoísta”

Y así podríamos seguir y llenar páginas.

 

Este es el tipo de lenguaje que nos inunda la mente cuando sentimos culpa. Y todas estas frases se pueden resumir en dos:
1. He hecho algo malo / mal
2. Merezco sufrir por ello

Estas son las ideas básicas que están detrás de la culpa.

Estas ideas, a su vez, se sustentan en otras, más complejas:

  • Si sufro lo suficiente, aprenderé y no volveré a “ser malo” / “hacerlo mal”
  • Si la persona a la que he hecho daño me ve sufrir, entenderá que me importa
  • Si yo también sufro, se equilibra la balanza y quedaremos en paz

 

Si te topas a menudo con la culpa en tu mundo interior, te animo a que cuestiones todas estas ideas o, como mínimo, las aparques a un lado. Todo este condicionamiento cultural es la verdadera losa. No son verdades. Son suposiciones totalmente cuestionables.

Detrás de la culpa hay algo de gran valor: necesidades y valores que quieren ser atendidos.

Dos preguntas que puedes hacerte para entender y hacer las paces con tu propio sentimiento de culpa:

  • ¿Qué valores míos echo en falta en lo que he hecho, ahora que pienso en ello?
  • ¿Qué necesidades mías no se han cubierto al hacer lo que he hecho?

 

Un ejemplo:

 

Me siento culpable porque llevo tiempo evitando a una amiga: no le he cogido las últimas llamadas ni se las he devuelto. Cuando dice algo en grupos de whatsapp donde estamos las dos, no respondo.

Posibles ideas subyacentes:

  • «Me estoy portando mal con mi amiga»
  • «Ella no se merece este trato»
  • «Soy mala persona»
  • «No sé cuidar mis relaciones»

Todo esto, lo aparcamos. Primero lo escuchamos, lo traemos a la conciencia, somos testigos de nuestra charla mental y de cómo nos condiciona.

Pero en este momento, no nos enredamos a cuestionar si es cierto o no, simplemente, decidimos trasladar nuestra atención y nuestro pensamiento a otro lado:

Valores y necesidades mías que hecho en falta en mi modo de actuar:

  • Amistad
  • Cuidado
  • Consideración
  • Honestidad
  • Coherencia

Respiro hondo. ¡Uau, qué importantes son estas cosas para mí! Valoro mucho que estén en mi vida y en mis relaciones.

Al mismo tiempo…

Cuando he hecho eso que ahora lamento o que me gustaría haber hecho de otra manera, también estaba tratando de cubrir necesidades.

¡Vamos a echar un vistazo a esta parte!

Necesidades que cubrí (o intenté cubrir) haciendo lo que hice:

  • Espacio
  • Autocuidado
  • Tiempo para procesar
  • Respeto de mis ritmos

Respiro hondo. ¡Uau! Estas también son muy importantes para mí y para mi bienestar.

Llegadas a este punto, con claridad sobre las necesidades y valores que queremos cuidar y habiéndonos librado de la losa mental asociada con la culpa, el siguiente paso es… ¡ACTUAR!

 

¿Qué puedo hacer para cuidar todas estas necesidades al mismo tiempo?

 

¡Lluvia de ideas! Lo primero que me viene a la cabeza es tener una charla con mi amiga y explicarle cómo estoy y lo que necesito.

Algo así como “cuando estoy contigo a veces me altero un poco y ahora necesito espacio, darme tiempo para procesar a mi ritmo. Por eso tal vez no te coja el teléfono o no responda a tus mensajes durante un tiempo”.

Ten en cuenta que este mensaje puede ser difícil de recibir. ¿Cómo le puede llegar a la otra persona?

Tal vez perciba rechazo, entienda que la culpo o acuso a ella de “alterarme”, que ya no me importa su amistad, que “paso de ella”…

¿Qué hacemos con esto? Algunas ideas:

  • Poner todo nuestro lenguaje no verbal al servicio del mensaje que queremos transmitir: “me importas mucho y, a la vez, ahora mismo, para cuidarme, quiero mantener cierta distancia contigo”
  • Preguntarle qué ha entendido de lo que le he dicho, para tener claro lo que le ha llegado: “¿me puedes decir en tus palabras qué has entendido con esto que te he dicho? Quiero asegurarme de que me he expresado bien”
  • Preguntarle cómo le llega lo que le digo y quedarme ahí, escuchando con empatía lo que exprese. “¿Cómo te quedas con esto que te acabo de decir? ¿Hay algo que quieras compartir?”

Como siempre digo: el diálogo, sabemos dónde empieza, pero no sabemos dónde acaba ni por qué caminos nos va a llevar. Sensibilidad, presencia. Llevar el tema pre-digerido (por ejemplo, haciendo este proceso de autoempatía que acabo de compartir contigo).

Apertura. Paciencia. Respirar.

Ponerle corazón… sin perder el foco en tu bienestar y tus prioridades.

¿Qué teparece esto que te cuento? ¿Te sirve? Quieres compartir alguna situación tuya? Te leo… 🙂

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