8M: reflexiones sobre género y comunicación

por | 3-03-26

Recortes de papel de figuras en tonos azules y figuras en tonos rosas están separados por una línea discontinua, que representa la división por sexos.

Hoy te traigo varias reflexiones sobre género y comunicación con la intención de contribuir a la igualdad y a la conciencia feminista desde mi labor.

Marshall Rosenberg (creador de la CNV, mi enfoque fundamental de trabajo) ya hacía alusión a ciertas diferencias en cuanto a cómo hombres y mujeres se relacionan con sus propios sentimientos y necesidades. 

Con respecto a hombres y expresión de sentimientos hablaba de (cito textualmente) “la escuela de emociones John Wayne / Clint Eastwood o Rambo, donde lo que se hace es más bien gruñir”. Aludía así a la dificultad para expresar emociones que algunos hombres experimentan, directamente relacionada con su socialización de género.

En cuanto a las mujeres, dijo que: “no se les enseña a ser muy claras acerca de sus necesidades. Durante años se les ha enseñado a negar sus propias necesidades y cuidar de otras personas.”*

*Son extractos de Comunicación NoViolenta. Un lenguaje de vida. La primera edición en inglés es de 1999, la segunda (con algunos cambios sustanciales) se publicó en 2003. Ha pasado bastante tiempo y muchas cosas han cambiado. Aún así, la idea principal que transmite Rosenberg para mí sigue resonando con fuerza.

Desde mi experiencia profesional con mujeres y la mía propia, especialmente en torno a la capacidad de decir NO, establecer límites, expresar las necesidades propias y pedir con naturalidad, doy fe de que tenemos mucho camino por recorrer todavía.

Por ejemplo, me encuentro a menudo con mujeres que confunden empatía con lástima, complacencia, salvar. Algunas expresiones que ellas mismas me han regalado son “empatía compulsiva” y “complejo de socorrista”.

Después de varias ediciones de mi programa Decir NO sin culpas y el reto gratuito Decir NO sin culpas en el que han participado 99% mujeres, he visto un patrón: el de culparse a sí mismas y querer ser buenas incluso a costa de sus propias necesidades.

También he observado que en general las mujeres nos damos menos permiso a la rabia y, cuando lo hacemos, nuestro enfado se percibe diferente: choca más, se penaliza más, mientras que a los hombres se les penaliza más la expresión de tristeza o miedo. Con la vergüenza, creo que también la relación es diferente (son distintas cosas de las que nos avergonzamos según nuestra socialización de género).

Lo que veo muy claro es que hombres y mujeres sufrimos la falta de conexión con nuestros sentimientos y necesidades.

En el caso de las mujeres quizá más concretamente la capacidad de conectar el sentir con las necesidades propias y legitimarlas, darles el mismo valor y la misma importancia que le damos a las necesidades de las personas que nos rodean.

Las mujeres, en general, pareciéramos estar más entrenadas para “aguantar” (en el sentido de pasar por alto la incomodidad de vivir sin nuestras necesidades nombradas, reconocidas, atendidas). Creo que se normaliza cierto grado de malestar en este sentido.

Los hombres también “aguantan” lo suyo, aunque por diferentes motivos: para ser vistos como valientes, fuertes, capaces… Por performar esa masculinidad, por ejemplo, pueden trabajar hasta la extenuación o la enfermedad, desoyendo sus propios límites.

Soy consciente de la diversidad y sé que no todas las personas se van a reconocer en estos patrones de género. Mi intención no es etiquetar o dividir, sino inspirar a la reflexión sobre cómo influye la socialización de género en nuestra comunicación y forma de relacionarnos, para poder seguir abriendo más conciencia y, desde ahí, mayor libertad de elección y menos condicionamiento.

Siluetas recortadas de personas en rosa y azul, con algunas figuras que parecen masculinas y otras femeninas, dispuestas en un patrón superpuesto.

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