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Por qué nos cuesta poner límites

Seguimos con el tema de los límites. En el artículo anterior aclaramos algunos conceptos importantes para entendernos y desgranar sobre una buena base esta visión de los límites como acciones para cuidarme.

Este es el segundo de una serie de seis artículos que iré compartiendo contigo sobre este tema:

  1. Qué son los límites: aclarando conceptos
  2. Por qué nos cuesta poner límites
  3. Cómo identificar los propios límites
  4. Límites para cuidarnos: necesidades y acción
  5. El «no» y los límites: más allá de lo individual
  6. El «no» y los límites como castigo y expresión de dolor

A veces nos cuesta expresar nuestros límites y actuar en consecuencia por:

1. Miedo a perder o enfadar a la otra persona
2. Evitar sentirnos culpables
3. No sabemos identificar nuestro límite

 

En este artículo hablaremos de las dos primeras. La tercera tiene chicha como para dedicarle un artículo aparte. ¡No te lo pierdas!

 

1. Perder o enfadar a la otra persona

En este caso, tal vez tenemos muy vivas necesidades como: seguridad afectiva, armonía, paz. No tenemos confianza en que vamos a poder poner límites sin que la relación se resienta. Ojo, porque detrás de esto puede estar la idea de que si pongo límites no me van a querer, o de que amar a alguien de verdad implica darse sin límites.

2. Sentirnos culpables

En este caso, tal vez aparecen pensamientos de este tipo:

  • “¿Cómo voy a hacerle eso?”
  • “No quiero que sufra”
  • “Tengo que cuidarla”

Ojo, porque detrás de esto puede estar la idea de que la felicidad de la otra persona depende de mí, lo cual en cierto modo puede verse como una forma de subestimarla, y en cualquier caso nos lleva a asumir una responsabilidad que no es nuestra (la de su felicidad). 

Esto es parecido a lo que sucede cuando queremos decir que no pero nos cuesta, o queremos pedir algo que haría nuestra vida más rica pero nos cortamos.

Puede haber muchas cosas detrás de estos comportamientos. Una posibilidad es que estemos haciéndonos responsables de los sentimientos o el bienestar de otras personas.

Si ya conoces la CNV, sabrás que el segundo paso del proceso es expresar mi Sentimiento. Esto puede parecer sencillo, pero, en mi experiencia, aquí se dan todo tipo de embrollos porque las personas, por un tema cultural, de creencias y/o por experiencias vividas, tenemos mucha tendencia a mezclar cosas aquí. Por ejemplo:

 

  • Nos decimos que lo que sienten y viven lxs demás depende de nosotrxs. («Si no hago lo que me pide, lo va a pasar mal»)
  • Nos decimos que lo que sentimos y vivimos nosotrxs depende de lxs demás. («Estoy fatal porque X persona no me ha apoyado»)
  • Nos decimos que «debemos algo» a ciertas personas. («Es mi madre y por eso tengo que hacer lo que me pide»)
  • Nos decimos que ciertas personas «nos deben algo«. («Es mi pareja y por eso tiene que hacer esto que le pido»)

Y de esta manera se crea y se mantiene una red de hilos invisibles que condicionan nuestro comportamiento y nos restan libertad y alegría. Obstaculizan el dar genuino desde el corazón, que es posible y nos sienta mucho mejor.

Con esto no quiero decir que lo que hacemos y decimos no tiene ningún impacto sobre lxs demás. No se trata de recurrir al manido «eso es tuyo» y desentenderse cuando se produce un conflicto o situación delicada.

Lo que las personas hacemos y decimos, o dejamos de hacer o decir, sin duda tiene un impacto sobre lxs demás. Pero no es la causa de sus sentimientos. No es lo que determina su grado de bienestar.

Ese bienestar está relacionado con las necesidades y cada cuál es responsable de identificar y cuidar de las suyas.

Por cierto, en la guía gratuita que recibes al suscribirte a mi newsletter dedico varias páginas a esto y está pensada para que trabajes tu situación con propuestas de trabajo personal claras y sencillas. Te animo a que la descargues y la uses si no lo has hecho ya.

Volviendo al tema: no cargarnos con la responsabilidad de lo que no nos corresponde no significa «yo me lo guiso y yo me lo como» y que le den a lxs demás.

Podemos desarrollar la empatía. Podemos pedir ayuda y colaboración.

Podemos relacionarnos y colaborar desde un lugar de centramiento, de conciencia y de empoderamiento que, me atrevo a decir, solo podemos alcanzar tomando conciencia y responsabilidad sobre nuestras propias necesidades.

Me he puesto muy teórica, lo sé.  Así que voy a ponerte un ejemplo para aterrizar todo esto.

Un viejo amigo está pasando por un mal momento. Yo le quiero mucho y me importa su bienestar. Al mismo tiempo, hace varios años que me distancié de él porque tomaba muchas drogas que afectaban su comportamiento y compartir tiempo con él no me resultaba fácil ni agradable: él se metía en el papel de víctima y enfocaba toda su vida desde ahí, así que expresaba mucha queja y amargura, con altas dosis de mal humor y rabia hacia la vida y el mundo.

Con este panorama, yo me di cuenta de que necesitaba cuidar de necesidades propias como: protección, respeto, tranquilidad, preservar mi energía, autocuidado, elegir…

Mi límite para cuidarme fue dejar de quedar con él y de llamarle. Reduje el contacto a solo tomar algo un par de veces al año, en fechas señaladas, para saludarle y saber cómo estaba. Cuando me sentía cargada e incómoda, me despedía tranquilamente y me iba del bar.

En otros tiempos me habría cargado de culpas y haría tratado por todos los medios de ayudarle, aunque después yo terminase sin energía y contagiada de su negatividad y mal humor.

Ahora tengo claro hasta dónde quiero compartir con él y qué estoy dispuesta a aportar para contribuir a su bienestar sin descuidar el mío: una llamada breve y, si está abierto a consejos, podría compartir con él estrategias que a mí me han servido en momentos de bajón.

No le reprocho nada, no pretendo cambiarle, el trato que mantengo con con él es amable y cálido. Y cuando me siento cargada, me despido.

¿Te has visto o te ves en alguna situación parecida? ¿Cómo lo haces para cuidarte sin pretender cambiar a la otra persona?

En el próximo artículo vamos a tratar un tema fundamental: cómo identificar nuestro propio límite, para poder actuar en consecuencia, el primer paso para cuidarnos haciéndonos responsables de nuestras propias necesidades.

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